El trastorno de ansiedad generalizada (o TAG) se caracteriza por un estado de ansiedad y preocupación excesiva e incontrolable que causa a quien lo sufre un gran malestar, así como incapacidad para salir adelante en diversas áreas de su vida, como la personal o la laboral.

La preocupación presente en el TAG se diferencia de la preocupación normal en su carácter elevado y su cronificación, es decir; la persona que sufre TAG se encuentra muy preocupada y ansiosa prácticamente todo el rato. La persona con TAG siente que no posee apenas control sobre lo que ocurre en su propia vida, por lo que se encuentra en una constante incertidumbre acerca de qué pasará, que es lo que alimenta su preocupación. Además, en el caso de este trastorno, la ansiedad o preocupación no se encuentra focalizada en algún estímulo concreto sino que se extiende prácticamente a todas las áreas de la vida de la persona; lo mismo se experimentará ansiedad si la pareja no contesta a un mensaje inmediatamente, que por una visita al médico, que por el rendimiento laboral o el retraso del autobús de por las mañanas. En la mayoría de los casos la preocupación experimentada será desproporcionada con respecto a la magnitud real del problema.

Este estado de ansiedad constante lleva a quien lo padece, a llevar a cabo numerosas conductas de evitación, con el objetivo de escapar de las situaciones que le producen ansiedad. Sin embargo, a menudo esta evitación va en detrimento de los intereses de la persona y la perjudica en su día a día. Por ejemplo, una persona con TAG podría rechazar un buen trabajo para evitar la ansiedad que le produciría tener que enfrentarse a él. Como vemos, se trata de una conducta claramente contraproducente, puesto que está rechazando lo que sin duda es una gran oportunidad para él o ella. Además, incluso aunque se lleven a cabo estas conductas de evitación la preocupación no desaparece, pues al ser difusa, se extiende rápidamente hacia otras áreas y sucesos de la vida del paciente.

De manera general, los siguientes síntomas son característicos del Trastorno de Ansiedad Generalizada:

  • Ansiedad y preocupación excesivas, tanto por su intensidad como por su duración en el tiempo.
  • A la persona le resulta difícil controlar sus preocupaciones, puede llegar a sentir que sus preocupaciones se apoderan de ella.
  • Inquietud o sensación constante de agitación.
  • Fatigarse fácilmente.
  • Dificultad para concentrarse en una sola cosa o para ‘poner la mente en blanco’.
  • Tensión muscular.
  • Sensaciones de malestar corporal difuso; malestar en el pecho, taquicardia, malestar abdominal, sensación de ahogo o náuseas, sensación de nudo en la garganta, etc.
  • Problemas de sueño; dificultades para conciliar el sueño, dormir poco o inquieto.

Por supuesto, cada persona es diferente y rara vez encontraremos a un paciente que presente todos los síntomas. En todo caso es necesario acudir a un terapeuta especializado que evalúe individualmente tu caso y pueda proporcionarte un diagnóstico fiable.

¿Cómo saber cuándo debo pedir ayuda?, Ante todo debemos tener claro que experimentar ansiedad y preocupaciones de forma puntual en nuestro día a día es algo absolutamente normal. Asimismo, si estamos pasando por una etapa especialmente complicada y estresante es natural que experimentemos un nivel de ansiedad alto hasta que consigamos ajustarnos a la situación. Sin embargo, debemos valorar si hemos cruzado la línea invisible que separa las preocupaciones normales de las preocupaciones patológicas;

  • ¿Paso la mayor parte del día ansioso o preocupado?.
  • ¿A menudo las personas a mi alrededor me dicen que me preocupo en exceso por cosas que no tienen importancia?.
  • ¿Siento que mi ansiedad y mi preocupación se apoderan de mí y guían mis decisiones o mi comportamiento?.
  • ¿He llegado a renunciar a oportunidades aparentemente positivas sólo para evitar sentir ansiedad al enfrentarme a ellas?.
  • ¿Se extiende esta preocupación a muchas áreas distintas de mi vida?

Si en tu caso has contestado sí a la mayoría de las preguntas de arriba o conoces a alguien que se encuentre en esta situación, ha llegado el momento de pedir ayuda a un profesional que pueda ayudarte evaluando tu caso y buscando el tratamiento que más se ajuste a tus necesidades.

La forma más común de tratamiento para el TAG es la terapia cognitivo-conductual, que consiste a grandes rasgos en aprender a modificar nuestro esquema de pensamientos para así pasar a modificar nuestro comportamiento. En la terapia adquirirás psico-educación para poder comprender a fondo tu problema y tomarás conciencia del grado de desproporción de tus preocupaciones. A partir de ahí, se aplicarán una serie de técnicas que combinan la identificación de pensamientos distorsionados, el entrenamiento en resolución de problemas y tolerancia a la incertidumbre, el auto-control emocional, etc., con el objetivo de devolver tu ansiedad y preocupación a niveles normales. Además, las técnicas de relajación, la meditación o el mindfulness se utilizan a menudo en combinación con la terapia cognitivo-conductual para potenciar sus efectos positivos sobre el TAG. Por último, en algunos casos se requiere del uso de medicación, al menos durante un tiempo, para controlar los síntomas del TAG.

Si tienes TAG o crees que podrías tenerlo, estas son unas pautas a seguir que podrían resultarte útiles:

  • Acude cuanto antes a un especialista de la salud mental que pueda evaluar tu caso y proporcionarte un diagnóstico fiable y valorar si existen otros trastornos asociados.
  • Trata de realizar diariamente ejercicios de respiración diafragmática o distensión muscular.
  • Mantén una dieta equilibrada y saludable y realiza ejercicio físico moderado varias veces en semana para mantener tus niveles de energía bajo control y liberar la tensión acumulada.
  • Cuida tus horarios de sueño y mantén un descanso adecuado.
  • Realiza un registro diario de tus preocupaciones; anota en un papel todo aquello que te genera ansiedad y repásalo al final del día. Reflexiona sobre cuáles de esas situaciones son realmente dignas de preocupación y cuáles no, y piensa en qué podrías hacer para solucionarlas que no requiera conductas de evitación.